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Por Marcos Vieytes
Los actos cotidianos (Argentina, 2010. Dirigida por Raúl Perrone). La última película de Raúl Perrone puede describirse como una serie de conversaciones sostenidas por dos hermanos, en una casa precaria del conurbano bonaerense, sin que medie entre ellos intercambio alguno de miradas (lo que recuerda ciertas estrategias que van de Straub-Huillet a De Oliveira). Pero también es válido decir que es uno de los mejores tratados sobre la mirada fuera de campo, que es una de las más rigurosas series de retratos que se hayan filmado en nuestro país, que exprime un espacio hasta explotar todo su potencial pictórico, que hace de un televisor y unos celulares algo más que meros decorados, y que consigue uno de los más felices momentos musicales dados por el cine argentino en este Bafici (junto al del final de Los labios, de Santiago Loza e Iván Fund). Con la película de Perrone me pasó algo que nunca antes me había sucedido: el sueño contribuyó, afirmó, completó la valoración que tengo de ella. Cuando hablo del "sueño" no me refiero a dormir, sino a soñarla. Fue en sueños que aprecié la continuidad plástica de la película, esa relación homogénea entre figura y fondo que le da una consistencia estética notable y que, con el tiempo, se revela como una de las operaciones más sofisticadas y menos ancladas en el realismo de la filmografía de su director. Además, Perrone encuentra –tanto como busca– esa belleza en donde el grueso del cine argentino escolástico no llega ni llegará nunca.
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